Inicio Educación matemática general Aterrizando la Mediación Pedagógica: La Estrategia de Resolución de Problemas en la...

Aterrizando la Mediación Pedagógica: La Estrategia de Resolución de Problemas en la Práctica

0
131

Desde el programa de estudios de matemáticas, la mediación pedagógica que se espera se teje a través de la estrategia de resolución de problemas. La verdad es que la diferencia entre simplemente “resolver problemas” y desarrollar una enseñanza basada en esta estrategia es sutil pero fundamental. No se trata de poner ejercicios al final de un tema. Y es que esta estrategia es, en realidad, una forma de organizar la clase que busca provocar en los estudiantes una construcción auténtica de sus aprendizajes, partiendo desde contextos reales y la modelización de situaciones. Aunque resolver el problema como tal es un elemento crucial, hay que tener muy claro que la estrategia del programa va mucho más allá.

Para una mediación pedagógica que de verdad esté aterrizada en el programa de estudios, es indispensable un análisis profundo de las habilidades específicas. Necesitamos preguntarnos qué buscan en las capacidades de nuestros estudiantes. Esto implica tener claro el propósito del ciclo en el área a la que pertenece esa habilidad, a cuál habilidad general responde, y qué conocimientos se espera considerar (entendiendo que los temas no son el fin, sino los vehículos para llegar a la habilidad). Además, es clave tener a mano las indicaciones puntuales y metodológicas que el mismo programa nos ofrece para esa habilidad. Todo esto, por supuesto, es apenas el punto de partida.

Una vez que estas ideas están claras, se vuelve importantísimo que la persona docente considere los elementos particulares de su institución y del grupo que tiene a cargo. Y es que el programa no puede ser tan específico como para abarcar todas las realidades que se presentan en un aula. Por eso, es el docente quien, con su criterio profesional, toma las decisiones pertinentes, siempre manteniéndose dentro del marco que nos da el programa de estudios.

Pongámoslo en práctica: una habilidad de quinto grado

Ahora sí, para que esto no se quede en teoría, vamos a desmenuzar una habilidad específica siguiendo los pasos que acabamos de describir.

La habilidad específica: es la número 9 del área de Geometría para quinto grado: Reconocer prismas y algunos de sus elementos y propiedades (caras, bases, altura).

Lo primero es conectar esta habilidad con el panorama general. El propósito del ciclo en Geometría no es que los chicos se vuelvan expertos en definiciones, sino que continúen desarrollando su capacidad de visualizar las formas geométricas y entender las relaciones básicas entre ellas. Esta habilidad en particular les pega directamente a tres habilidades generales que son pilares en el ciclo: identificar sólidos en el entorno, abstraer sus propiedades y, por supuesto, usar el vocabulario geométrico básico para poder hablar de ellos.

Visto así, los conocimientos de “prisma”, “cara”, “base” y “altura” dejan de ser simples conceptos para memorizar. La verdad es que se convierten en las herramientas, como si fueran unos lentes especiales que les damos a los estudiantes para que puedan ver la geometría que los rodea en 3D. El objetivo no es que reciten “un prisma es…”, sino que miren una caja de leche, un edificio o un dado y digan “¡ah, eso es un prisma!” y que puedan identificar sus partes en ese objeto real.

Y es que aquí es donde el programa nos da pistas valiosísimas. Nos sugiere que la mejor manera de trabajar esto es con la manipulación de material concreto. Es pasar del prisma del libro de texto a la caja de zapatos que tienen en la casa, al borrador que usan todos los días. Se trata de que los construyan, que los toquen, que los desarmen para ver sus “desarrollos planos” y entiendan de dónde salen las caras y las bases. El programa incluso nos abre la puerta a usar software para mostrarles distintas vistas de los sólidos, ayudándoles a fortalecer esa visualización espacial tan importante.

Con este análisis en mano, es donde entra la magia de cada docente. Quizás en una escuela rural de Costa Rica no haya computadoras con software de geometría, pero sobran las cajas de cartón para construir modelos increíbles. Tal vez un grupo específico necesita más trabajo manual antes de pasar a la abstracción de las propiedades. El docente, conociendo a su gente y su contexto, adapta estas ideas, crea sus propios problemas y decide cuál es el mejor camino para que esa habilidad de “reconocer prismas” se convierta en una verdadera capacidad para ver y entender el mundo geométrico que nos rodea.

Y sé lo que podrías estar pensando, y lo que muchos profes se preguntarán:

“Bueno, ¿y todas estas ideas de análisis de dónde salen? ¿Son un invento nuevo?”.

La verdad es que la respuesta es tan directa como fundamental: salen de nuestro propio programa de estudios. Y es que aquí tenemos uno de los retos más interesantes como profesionales. La invitación es a ir un pasito más allá de la costumbre; a enriquecer nuestra práctica docente.

Ojo, no se trata de tirar por la borda nuestra valiosísima experiencia, ¡jamás! Esa intuición que nos da el día a día en el aula es oro puro. Tampoco se trata de olvidar lo que aprendimos en la universidad, que son los cimientos de lo que somos. El asunto es que no podemos quedarnos anclados únicamente en esas percepciones iniciales o en el recuerdo de cómo nos enseñaron un tema.

Pensemos en esto: nuestra experiencia es como conocer a la perfección el terreno que pisamos, nuestro propio patio. Es indispensable. Pero el programa de estudios es el mapa de toda la región, es la brújula que nos asegura que todos, en cada rincón de Costa Rica, vamos en la misma dirección y hacia el mismo destino de aprendizaje para los estudiantes. Entonces, la jugada no es elegir entre nuestra experiencia y el programa, sino fusionarlos. Se trata de tomar esa sabiduría que ya tenemos y potenciarla con la ruta clara, las herramientas y el enfoque renovado que nos ofrece este documento oficial. Es un cambio de perspectiva que nos permite estar alineados y, sobre todo, ser mucho más efectivos para nuestros muchachos.

Ahora, toquemos un tema que es el pan de cada día en nuestras aulas: los libros de texto. Y seamos claros, un buen libro es un aliado formidable. Nos da estructura, nos ofrece ejemplos, nos ahorra un tiempo precioso… la verdad es que es un punto de apoyo importantísimo en nuestra labor.

Sin embargo, y aquí es donde nuestro criterio profesional tiene que brillar, seguir un libro de texto ciegamente puede desviarnos del camino. Y es que los libros, por muy buenos que sean, tienen sus inconvenientes. Primero, están escritos con una visión global, para todo el país, y no necesariamente para la realidad específica de nuestros estudiantes. Pero la trampa más sutil, a veces, está en su propia virtud: un buen libro nos lleva de lo sencillo a lo complejo, dándonos herramientas y ejercicios que, muchas veces, apuntan a habilidades superiores a las que el programa nos pide para ese momento específico.

Si no tenemos clara esa delgada línea que separa lo que el programa espera para el desarrollo de una habilidad puntual, de las acciones que el libro propone para ir más allá, podemos terminar creando un efecto negativo sin querer. Podemos frustrar a los estudiantes exigiéndoles un salto para el que aún no están listos, o podemos perder de vista el verdadero objetivo de nuestra lección, diluyéndonos en contenidos que, aunque valiosos, no eran el foco.

Por eso, y reitero esto porque es fundamental, el libro es un recurso, una excelente guía de consulta, pero no es el currículo. El docente es y será siempre el encargado de tomar las decisiones, de dirigir la orquesta en su aula. Es quien decide qué página usar, qué ejercicio adaptar y qué ejemplo inventar para lograr la mejor mediación pedagógica posible. De ahí nace la necesidad imperiosa de tener esa claridad de la que hemos hablado: saber exactamente qué busca la habilidad específica es lo que nos da la libertad y la seguridad para usar el libro de texto a nuestro favor, y no al revés.

Al final del día, todo este análisis, toda esta reflexión sobre la mediación y el uso de los recursos, apunta a una sola dirección: nuestros estudiantes. Este ejercicio de “aterrizar” la pedagogía no es una tarea más en la lista; es un acto de profundo compromiso profesional.

Hacerlo bien significa transformar una habilidad del programa en una chispa de curiosidad en la mirada de un niño. Significa convertir un problema de matemáticas en una conversación emocionante en el aula. Y, sobre todo, significa construir en ellos no solo conocimiento, sino también la confianza para enfrentar un mundo que, como las matemáticas mismas, está lleno de desafíos fascinantes que esperan ser resueltos.

Nuestra misión es esa: tomar estas guías, estos mapas, y usarlos para encender la llama del aprendizaje de la manera más humana, cercana y efectiva posible. Porque cada vez que lo logramos, estamos haciendo lo mejor para ellos, que son el verdadero corazón de todo lo que hacemos.

4.5 2 votes
Article Rating
Artículo anteriorPara apoyar a los docentes
Artículo siguienteActitudes y creencias positivas sobre las matemáticas y su enseñanza
0 Comments
Más antiguo
Más reciente Más votado
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría conocer tu opinión, comenta.x